Edogawa Rampo: La oruga

250px-Edogawa_RanpoEdogawa Rampo (1894-1965) es un escritor japonés, creador de la moderna literatura detectivesca y criminal japonesa y el máximo exponente del eroguro, un género que traspasa toda frontera y se adentra en los temas más escabrosos del ser humano, poniendo énfasis en los aspectos más macabros y grotescos, y sacando a la luz todo tipo de parafilias o fetiches. En su vertiente más violenta se llegan a incluir incluso amputaciones, en ocasiones a la fuerza; violaciones o desmembramientos. El relato a comentar, ‘La oru­ga’ (1929), es sin duda uno de los mejores ejemplos de dicho movimiento artístico.

En este icónico relato nos cuen­ta la his­to­ria de un veterano de guerra al que tuvieron que ampu­tar­le cua­tro ex­tre­mi­da­des. En el pro­ce­so, tam­bién se que­da sor­do y mu­do y, con el tiem­po, va sufriendo una especie de metamorfosis kafkiana y convirtiéndose poco a poco en un monstruo cuyo úni­co mo­do de co­mu­ni­car­se con su mu­jer es a tra­vés de ca­be­za­zos con­tra el sue­lo. Mientras tanto, to­do lo que pue­de ha­cer su mu­jer es aceptar un estatus de esposa sumisa y cui­dar­lo día tras día. Esto acaba teniendo inevitablemente un gran impacto psicológico en ella y se va despertando en su interior un instinto animal que cada vez le resulta más difícil reprimir. A raíz de la ansiedad de la atormentada Tokiko, la relación acaba entrando en una enfermiza espiral que concluye de forma trágica cuan­do ella finalmente libera el de­seo su­bli­ma­do.

Se podría decir que la obra se desarrolla a través de un acer­ca­mien­to pu­ra­men­te in­te­lec­ti­vo, ba­sa­do en una na­rra­ti­va su­til, en esa delgada línea que separa lo racional del sinsentido, invitando así al lector a pre­sen­ciar la de­gra­da­ción de un ser hu­mano racional en un mons­truo in­ca­paz de cum­plir sus de­seos sin au­to­-in­mo­lar­se, a la vez que presencia como una bestia, al­guien re­du­ci­do has­ta la pu­ra ani­ma­li­dad, puede ser más ra­cio­nal que cual­quier otro pre­ten­di­da­men­te hu­mano.

El autor es bas­tan­te más su­til de lo que ca­bría es­pe­rar; en ningún momento presenta es­ce­nas de ver­da­de­ra vio­len­cia fí­si­ca o se­xual, simplemente deja que el lector la intuya a través del mo­do que tie­ne de des­cri­bir la atmósfera y los pen­sa­mien­tos de la mu­jer que resultan de la ne­ga­ción de sus pul­sio­nes. En cuanto al esposo de Tokiko, nun­ca lle­ga­mos a sa­ber qué pien­sa, debido a que su con­di­ción de ser humano, de ser racional, que­da­ ve­da­da por “su condición animal”. Sin embargo, tras el fatídico final en el que ella le deja ciego y le arrebata el úl­ti­mo res­qui­cio que le co­nec­ta­ba con el mun­do, él de­ci­de ha­cer una úl­ti­ma co­sa an­tes de sui­ci­dar­se: per­do­nar­la, ya que to­da­vía tie­ne el ins­tin­to, la ne­ce­si­dad de pro­te­ger a su mu­jer, a la persona que ama. Sin embargo, no considero que con este relato pretenda ha­cer un jui­cio mo­ral o de­ter­mi­nar cul­pa­bles, ya que en realidad am­bos son víc­ti­mas de las cir­cuns­tan­cias.

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