Nuestros Tiempos Felices: El diálogo y la empatía como claves fundamentales para enfrentar a nuestros demonios internos

La depresión es un trastorno mental que se evidencia, principalmente, a través de la tristeza patológica, de la apatía, de esa pérdida de interés por todo lo que nos rodea, incluso por aquellas cosas que solían hacernos felices o producirnos placer, la irritabilidad y una percepción claramente negativa que se extrapola desde sí mismo hacia el resto de su entorno; que surge como reacción a situaciones adversas o traumáticas. Y es que nues­tros sen­ti­mien­tos, por lo general, se sue­len aso­ciar con as­pec­tos que ra­ra vez po­de­mos esclarecer cons­cien­te­men­te, ha­cien­do que la ra­zón, esa ca­pa­ci­dad que nos se­pa­ra del res­to de los ani­ma­les, re­sul­te, en el ámbito personal, al­go de­ma­sia­do di­fu­so en la ma­yor par­te de los as­pec­tos de nues­tra vi­da, por lo que cuando sufrimos episodios depresivos nuestra “balanza interna” puede terminar perdiendo el control y llevar a aquel que la sufre, en el peor de los casos, a auto-inmolarse con el fin de hacer caer antes de tiempo “el gran telón final”. Según estudios, una de cada tres personas experimentará un episodio depresivo en algún momento de sus vidas y, si desencadenan tras un evento traumático, pueden llegar a persistir durante meses y meses, e incluso regresar en momentos determinados.

Por desgracia, por lo general, en este mundo de asfalto y prisas en el que nos vemos obligados a desenvolvernos desde que nacemos, se le da muy poca importancia a los elementos asociados a la salud mental de la población y al conocimiento de los síntomas, signos de alerta y fenómenos sociales que pueden provocar episodios depresivos y potenciar actitudes suicidas, 91pogALF10Ly eso considero que se refleja perfectamente a través de las circunstancias que perfilan a los personajes principales de la novela “Nuestros Tiempos Felices” de Gong Ji-Young, una de las novelistas coreanas más prestigiosas de los últimos tiempos.

La protagonista femenina, Iuyeong, es una joven contestataria y apática perteneciente a la alta sociedad coreana cuya ya desafortunada vida fue permanentemente marcada cuando, tras ser agredida sexualmente, su familia decide hacer oídos sordos y ocultar lo sucedido en lugar de ayudarla e intentar consolarla. Y es que, como dice la protagonista, “Corea ha cambiado, se ha vuelto un país elegante, rico y lleno de gente. Pero si uno camina por detrás de los altísimos rascacielos que casi ocultan el firmamento, sopla el mismo viento cortante y gélido de siempre”, es decir, que pese al gran progreso económico y tecnológico que Corea del Sur lleva experimentado en los últimos años, sigue siendo una sociedad profundamente patriarcal, en la que los valores confucianos siguen a flor de piel, y en la que existe una gran presión y preocupación por proyectar una buena imagen al exterior y preservar el bienestar del grupo, incluso a costa del personal. Dichos códigos no escritos conforman, desgraciadamente, en mayor o menor medida, la cosmovisión de la sociedad coreana y provocan inevitablemente un efecto paralizador sobre la parte oscura, débil y pasiva de los “opuestos complementarios”, haciendo que aquellas que han sido víctimas de cosas tales como una agresión sexual, como es el caso de Iuyeong, se vean obligadas de un modo u otro a guardar silencio con tal de no corromper la armonía general y “guardar su imagen” y, sobre todo, la de aquellos que las rodean. Esto, inevitablemente, sumado a la precaria situación familiar que lleva viviendo desde que le alcanza la memoria, debida sobre todo a la falta de comprensión y amor materno, acaba sumergiendo a la protagonista en una profunda depresión. Iuyeong, indiferente ante el mundo que la rodea e incapaz de entenderse con sus más allegados, no conseguirá romper como esa espiral autodestructiva y encontrarle sentido a la vida, y acabará decidiendo auto-inmolarse con tal de intentar escapar de esa desoladora realidad.

En cuanto al protagonista masculino, Iunsu, se nos presenta a un joven condenado a muerte nacido en el seno de una familia que, como él mismo dice en su primer “cuaderno”, era “incapaz de hacer nada que no fuera destructivo y en la que los gritos, alaridos, palizas y maldiciones eran el pan de cada día”, debido a que su padre, por culpa de su adicción al alcohol, había perdido todo atisbo de humanidad; que se vió obligado desde una edad muy temprana a recurrir a la delincuencia y a la violencia con tal de proteger a su hermano pequeño, el cual, ya de por sí incapaz de hacerle frente al mundo que le rodea, se acaba quedando invidente. El problema es que la violencia no trae consigo nada más que violencia, generando así un pernicioso bucle que provoca que el protagonista acabe convirtiéndose en un reflejo de lo que fue su padre: “Había días en los que toda la sangre, la violencia, los gritos, los retos y el odio herencia de mi padre que circulaban por mis venas salían a relucir. Esos días me convertía en una bestia. No sabía cómo vivir sin serlo”. Y determinando así, a su vez, el camino por el que transcurrirán los sucesos posteriores de su historia.

Por tanto, desde mi punto de vista, la autora de la novela da a entender que no existen seres humanos buenos o malos por naturaleza, es el mundo que nos rodea, la realidad que vivimos desde que somos pequeños la que va configurando nuestra forma de ser y actuar frente a otros. Es indiscutible que el ser humano tiene en el fondo de su corazón tanto pulsiones apolíneas como dionisíacas, pero es el entorno, sus circunstancias, las que hacen que primen unas u otras pulsiones. Si se desencadenan las segundas y éstas toman el control del individuo, pueden llegar incluso a hacer que este pierda casi todo rastro de su humanidad y convirtiéndolo en una especie de monstruo. Y es que cuando sufrimos un episodio traumático o nos vemos envueltos en una realidad adversa y hostil nuestra balanza interna se desequilibra bloqueando nuestra “mente-alma” e incluso, en el peor de los casos, haciendo primar nuestros instintos más básicos, a nues­tro la­do “más ani­mal”, en lugar de de­jar que el sentido común ha­ga su tra­ba­jo, y sumergiéndonos en una espiral de violencia que puede acabar conduciendo nuestros destinos hacia el más trágico de los finales. Sin embargo, considero que si la sociedad pusiera más atención en la salud mental de los individuos que la componen, si realmente nos preocupáramos más los unos por los otros, esto no siempre tendría por qué acabar así.

En la novela se puede apreciar cómo gracias al amor y apoyo incondicional, a esa empatía que brinda la hermana Mónica, tía de Iuyeong, a los protagonistas, y que más adelante acaban intercambiando estos entre ellos, provoca no solo una gran conexión entre ambos si no que además consigue que lleguen a contemplar la realidad con otros ojos, desde una perspectiva más amable, y ello a su vez les lleva a aprender que la libertad se encuentra, muchas veces, escondida en el fondo de nuestros corazones, por lo que nunca debemos perder la esperanza frente a las adversidades que nos presente la vida. Y es que la depresión no es sólo un fenómeno producto de determinantes individuales, sino que también suele estar relacionada con varios factores, como el social y el cultural, por lo que considero que tener alguien que, a pesar de que sus orígenes y los caminos que haya recorrido hasta ese punto sean completamente dispares a los tuyos, sepa escucharte, comprender aquello por lo que has pasado, apoyarte y quererte de forma incondicional, ayuda a superar esos episodios adversos de nuestras vidas, ya que cuando encuentras a una persona así puedes abrir completamente tu corazón y liberarlo de todo aquello que lo perturba, ahondando así más en tu propio interior y redescubriéndote a ti mismo, averiguando tus porqués, sobre tus reacciones ante determinadas situaciones o personas, sobre los elementos que te afectan y dañan emocionalmente, entre otras muchas cosas.

Por desgracia, la depresión no es un trastorno que se pueda aplacar por completo y de forma definitiva, pero si se consigue llegar a ese esclarecimiento sobre uno mismo, al menos, aquel que está envuelto en esa lucha constante contra esa peligrosa y oscura inclinación, puede conseguir mantener una buena estabilidad emocional y en el caso de que esta se tambalee, podrá ponerle solución antes de que termine de desestabilizarse. Y esto considero que se ve reflejado, por ejemplo, a través de las siguiente palabras de Iuyeong: “Al igual que la lluvia invernal solo es visible a través de los focos, en el mundo había muchas cosas invisibles en la oscuridad. Esa fue una de las cosas que aprendí cuando le conocí. Por mucho que algo sea invisible, no quiere decir que no exista. Gracias a él, me abrí paso a través de mi propia oscuridad y descubrí que esa misma oscuridad era la que alentaba en mi interior como si fuera la muerte. Cosas en las que no me habría fijado de no haber sido por él y de las que nunca habría sido consciente, pues las consideraba de una oscuridad absoluta cuando, en realidad, eran de un brillo deslumbrante”; es decir, la protagonista femenina gracias a todo aquello que experimenta con Iunsu durante sus visitas semanales, consigue vislumbrar aquello que estaba oculto ante sus propios ojos, consigue aclarar cuáles eran aquellos elementos que estaban atormentando su interior y haciendo que tomara esa actitud tan rebelde contra la vida y aquellos que la rodean. Por lo que no solo le otorga un gran regalo, el de apreciar la vida y su condición humana, si no que también le deja el bello castigo de tener que volver a enfrentar en algún que otro tramo, de su aún todavía largo curso hacia aquel mar de un solo nombre, nuevas adversidades que pongan a prueba la resistencia de su mente y su corazón.

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