I Saw The Devil & Broken: La venganza como catarsis

Si echamos la mirada atrás y nos sumergimos en algunas de las obras literarias más renombradas de todos los tiempos, encontramos que la venganza, ese sentimiento tan pasional y ardiente, como autodestructivo y en ocasiones irracional, ha sido un tema muy recurrente a lo largo de la historia: En ‘Hamlet’ y ‘Macbeth’ de Shakespeare, por ejemplo, este sentimiento tiene un papel primordial y recorre a lo largo y ancho sus historias. ‘Edipo Rey’ de Sófocles, famoso por sus tragedias griegas en las que subyace el componente de la venganza, encontramos elementos como los impulsos y las bajas pasiones del ser humano. E incluso, en la propia Biblia ya se enuncia la que ha sido llamada como Ley del Talión: “ojo por ojo diente por diente”. Y es que la venganza, esa tendencia a responder a las amenazas mediante una represalia agresiva, lleva formando parte del comportamiento humano desde que llegamos a la Tierra, por lo que personas de todas las sociedades del mundo son capaces de entender la idea de enfadarse y querer herir a alguien que te ha hecho daño. Pero en lo que a su representación se refiere, en mi opinión, nadie ha sido capaz de plasmar esta inclinación del ser humano hasta ahora como lo están haciendo los coreanos a través del séptimo arte. 

Los películas coreanas que abordan esta temática, por lo general, son películas que “no se pueden ni mirar y eso nos obliga a mirar”, es decir, no son obras de fácil digestión puesto que suelen ser tragedias griegas llevadas al límite, en las que las cuotas de violencia pueden llegar a perturbar el imaginario del espectador y dejar una huella permanente en él, pero que cual sirenas, acaban atrayendo y atrapando al intrépido marinero que navegue por sus aguas, como es el caso, por ejemplo, de las películas a analizar: I Saw The Devil del director Kim Ji-Woon (김지운) y Broken de Lee Jeong-Ho (이정호).

I SAW THE DEVIL (악마를 보았다)

Narra una historia en la que la encarnación del mal es directa e inquietante, en la medida que el agente secreto, Soo-Hyeon (수현), se obsesiona con vengar el homicidio de su prometida sin reparar en que, dentro de una vorágine sin retorno, terminará convirtiéndose en todo lo que juró combatir, es decir, una historia en la víctima adopta el papel de verdugo y viceversa, y en la que el espectador se ve envuelto en una bacanal fiesta en la no falta absolutamente de nada, desde el descuartizamiento al canibalismo pasando por el simple despropósito; y en la que la violencia deviene simple y puro espectáculo, que surte, desde mi punto de vista, un efecto catártico tanto en aquel que la lleva a cabo, como en aquel que contempla la función. 

Pero ahora bien, ¿quién es la verdadera víctima en esta historia?, ¿quién es realmente configurado como el antagonista del filme?, ¿cuál de los dos es ese diablo al que hace referencia el título?. Y es que este, según la perspectiva desde la que se contemple la historia, podría estar haciendo referencia tanto a uno como a otro. Es indiscutible que Kyeong-Cheol (경철), ese psicópata que mata y viola a chicas por mero morbo, es de todo menos santo, pero ¿qué hay del agente secreto?. Se aprecia claramente como Soo-Hyeon (수현), tras descubrir el fatal destino final que había experimentado su mujer, se ve envuelto en una trágica y terrible espiral de violencia que poco a poco, conforme va avanzando el filme, lo deja sin un atisbo de humanidad, y sin ella pierde a su vez, inevitablemente, esa característica tan propia del ser humano: la capacidad de razonamiento. Por lo que acaba traspasando todas las barreras, dejando tras de sí todos sus principios y convirtiéndose en un monstruo sediento de sangre al que lo único que le importa es llevar a cabo una venganza tan larga y brutal como sea posible para conseguir así dejar una huella permanente en el imaginario del asesino en serie. Y esto provoca que el espectador sienta la necesidad de cambiar en cierto modo de bando a lo largo del filme, ya que consigue hacer que sientas cierta pena por el asesino pero a la vez que anheles que la venganza en su contra se acabe consumando, haciendo así patente, a su vez, la compleja y contradictoria capacidad emotiva del ser humano a través de un personaje en el que, en mi opinión, es bastante difícil distinguir el bien del mal.

BROKEN (방황하는 칼날)

Narra la historia de un hombre al que le arrebatan lo único tenía en esta vida: su hija; y como este, a raíz de ese trágico acontecimiento, al igual que el agente secreto de la película anterior, es atrapado por su instinto más animal y se lanza, sin un atisbo de piedad, a la búsqueda de aquellos que le hicieron esa atrocidad a su hija, haciendo así de la venganza su motor de vida, lo cual provocará que este no abandone su resolución a pesar de todas las trabas que se le presentarán a lo largo del camino. Y es que como decía el novelista Honoré de Balzac: “En la venganza, el más débil es siempre más feroz”; es decir, aquel que se encuentra en una situación de desventaja, aquel que es castigado, es el que siempre consigue reunir las fuerzas suficientes para poder seguir adelante y consumar su venganza, y liberarse así, a su vez, de todo aquello que atormenta su alma.  

Pero en esta película, a diferencia de la anterior, se plantea un peliagudo dilema moral: ¿se debe juzgar a los menores en la misma medida en la que se juzgan a los adultos?, ¿ese tipo personas son realmente capaces de cambiar?. En mi opinión, el director da respuesta a esas preguntas a lo largo de la película lanzando una crítica mordaz al sistema judicial haciendo que el espectador empatice con la resolución del protagonista de buscar y acabar con aquellos que asesinaron a su hija, a pesar de que desde el comienzo de la historia se revela que estos son unos estudiantes de secundaria; incluso muestra cómo el policía al mando de la búsqueda y captura del protagonista empatiza con este, puesto que es consciente de que si la policía atrapa a los chicos antes de que lo haga él no se tomarán las medidas legislativas que se deberían de tomar en este tipo de situaciones por el mero hecho de que son menores de edad, ya que La Ley adapta el contenido del Código Penal a la realidad de estos, con el objetivo de conseguir su reinserción, por lo que no impone “penas”, sino “medidas” orientadas a la reeducación.

En conclusión, en mi opinión lo que hace únicas a las películas coreanas, como las comentadas, en comparación con las del resto del mundo es que no se quedan en la mera superficie, van más allá de la acción que se proyecta en la pantalla, es decir, no solo te muestran como sus personajes principales han de desenvolverse en esa cara oculta, oscura, grotesca y claustrofóbica, de este mundo de prisas y asfalto, sino que también te muestran el desamparo y la progresiva deshumanización que puede llegar a sufrir el ser humano al intentar desenvolverse en este, haciendo así patente lo débil que es en realidad la mente del ser humano. Y es que cuando, a raíz de un evento traumático o una situación hostil, nuestra mente se desestabiliza, tendemos a dejar aflorar nuestras pulsiones más mundanas, a dejarnos llevar por nuestro instinto más animal, y si ese estado se prolonga lo suficiente puede llevarnos, al igual que les ocurre a los protagonistas de estas películas, a ser arrastrados y engullidos por un pernicioso bucle de violencia y a sufrir, al igual que Gregor Samsa, una terrible metamorfosis. Y es que el ser humano tiene en el fondo de su corazón tanto pulsiones apolíneas como dionisíacas, es decir, no existen seres humanos puramente buenos o malos por naturaleza, es el mundo que nos rodea, la realidad que vivimos, la que va configurando nuestra forma de ser y actuar frente a otros, la que hace que primen unas u otras pulsiones. 

Sin embargo, la moraleja de estas películas es clara: “la violencia no trae nada más consigo que violencia”. Por ello, el protagonista al dejarse llevar por su lado dionisíaco, al intentar liberar su alma de aquello que la aflige por medio de la venganza, no hace más que generar un pernicioso bucle que provoca que este acabe convirtiéndose en un reflejo de aquel al que decide perseguir y castigar, y que acabará determinando el camino por el que transcurrirán los sucesos posteriores no sólo de su historia, si no también la de sus más allegados.

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