Parásitos: Perfilando la realidad como un perverso juego de reflejos

El rápido crecimiento y desarrollo económico que lleva experimentando Corea del Sur desde las décadas precedentes a la llegada de la democracia, ha provocado que la sociedad coreana, hasta entonces sumida en la pobreza y sustentada principalmente por el sector primario, se haya transformado, en un muy breve periodo de tiempo, en una sociedad urbana, mucho más moderna y exuberante. Sin embargo, la realidad es que, a pesar de que Corea se haya vuelto un país mucho más elegante, rico y lleno de gente, “si uno camina por detrás de esos altísimos rascacielos que casi ocultan el firmamento, sigue soplando el mismo viento cortante y gélido de siempre”. Y es que, se podría decir que Corea se ha acabado configurando como un mundo de fuertes contrastes, tanto culturales como sociales, en el que, desgraciadamente, existe una sobrecogedora presión social por proyectar hacia el exterior una imagen buena y exitosa.

El director coreano, Bong Joon-ho (봉준호), a través de un marcado contraste visual en el que la verticalidad juega un papel fundamental, perfila su obra más reciente, ‘Parásitos’, desde la primera secuencia, como un perverso juego de reflejos, mediante el cual lanza, sin ninguna clase de tapujos, una crítica satírica hacia esa decadente realidad social, hacia esa pegajosa cadena parasitaria, que se ha ido configurando inevitablemente en Corea del Sur durante las últimas décadas. En ella, se nos presenta a los Kim, una familia al borde de la pobreza que vive apiñada en un lúgubre y abarrotado semisótano expuesto a todo tipo de inclemencias, recorriendo desesperadamente todos los recovecos de la casa con la esperanza de poder captar la señal del wi-fi del vecino de arriba. Es decir, se nos muestran a unos personajes que son unos parásitos tanto en el sentido literal como figurado de la palabra, que no solo viven rodeados de una plaga de insectos, sino que ellos también, cual parásitos, como si de una plaga se tratase, intentan aprovecharse de aquel que está por encima de ellos. 

Poco después, gracias a la recomendación de uno de sus amigos, se le presenta la gran oportunidad a Ki-woo (김기우), el hijo de la familia Kim, de ser el profesor particular de inglés de la hija de los Park, una ingenua y acomodada familia que vive en una enorme y moderna mansión, la cual plasma de forma material, a su vez, el gran poder adquisitivo de la misma. Por lo que con dicha oportunidad se le brinda además la ocasión de poder salir de una vez por todas de esa precaria realidad de la que es víctima. Sin embargo, fruto de ese complejo de inferioridad, tan característico de la sociedad coreana, decide hacerse pasar por un chico bien posicionado en la escala social que acaba de graduarse en una de las universidades más prestigiosas de Seúl para causar una buena impresión a los Park y poder traspasar esa barrera que siente que aísla su mundo del de ellos. Y tras poner en evidencia el mecanismo mediante el cual funciona la sociedad coreana y lo superficial que esta puede llegar a ser, presenciamos no sólo como consigue ser contratado, sino también cómo a través de una serie de eventos fortuitos y ese pernicioso bucle de mentiras en el que se acaba sumergiendo, logra que los Park acaben despidiendo a sus trabajadores y contratando en su lugar al resto de los miembros de su familia. Pero, a pesar de todo, se crea la ilusión de que la historia se dirige hacia un final satisfactorio, tanto para los involucrados como para aquel que está contemplando el espectáculo, puesto que la predisposición natural de nuestra balanza mental, que ya de por sí tiende a posicionarnos del lado de los más desfavorecidos, se ve incitada a inclinarse todavía más hacia ese lado a raíz de presenciar cómo los Kim son despreciados por algunos miembros de los Park por el simple hecho de que huelen a “la gente del metro”, es decir, a “gente pobre”.

Sin embargo, poco después, tras descubrir el perturbador secreto que llevaba décadas escondiendo la anterior criada, ese delicado equilibrio que habían conseguido establecer se comienza poco a poco a desmoronar ante nuestros ojos, y la fortaleza de lujo que era la casa de los Park comienza a percibirse más bien como una especie de prisión siniestra y, con ello, la historia, que empezó como una comedia satírica, en la que los personajes que la perfilan eran meras víctimas de sus circunstancias, en la que los Kim eran tan solo unas pobres criaturas que intentaban sobrevivir en un pernicioso ecosistema que no conseguían terminar de controlar, se empieza a transformar en un thriller cargado de tensión, en un brutal laberinto, en un impredecible bucle vengativo, de violencia y chantaje, que pretende mostrar al espectador esa cara oculta, oscura y perversa, de la virtuosa y moralista sociedad coreana. Aunque, cabe decir que, todo aquello que el director plantea a lo largo de la película y esa crítica mordaz que lanza sobre esta, se podría extrapolar perfectamente al resto de sociedades de este mundo de prisas y apariencias, en el que el dinero juega un papel esencial en el modo de vida de los miembros que la componen y en cómo perciben la realidad y se relacionan con los de su entorno más próximo. Y es que lo que para unos, puede ser un día refrescante y hermoso de lluvia, para otros puede ser un día en el que se cumplan todas sus peores pesadillas. 

Bong Joon-ho (봉준호) ya demostró con anterioridad, a través de películas como ‘Mother’ o ‘The Host’, su inigualable capacidad para sintetizar los cócteles más atípicos, pero considero que Parásitos es, sin duda alguna, la más conseguida, incluso me atrevería a decir que está al nivel de obras maestras como Oldboy de Park Chan-wook (박찬욱) en lo que a narrativa y puesta en escena se refiere, puesto que ha conseguido dotar al filme de una belleza sobrecogedora, tanto en los momentos más livianos como en los pasajes más decadentes y sombríos.

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