27.

Siempre me han gustado los anocheceres de otoño, esos anocheceres en los que, como hoy, a medida que el aroma del café va impregnando la habitación, la calma que trae consigo el aire frío que entra por la ventana penetra en mi mente, permitiéndome así observar y pensar con claridad acerca de todo aquello que está ocurriendo a mi alrededor. Y hoy, que cumplo veinticuatro años, entre un pensamiento y otro me encuentro anhelando y persiguiendo ese leve y constante sonido apagado que se produce y extiende por todo el paisaje en los días de lluvia al deslizarse las gotas sobre las plantas, los tejados y los paraguas, hasta caer al suelo. Y es que debo de tener esos días de lluvia, de aquella despreocupada etapa de mi vida en la que no tenía responsabilidades y nada me asustaba, grabados en algún lugar recóndito y seguro de mi mente pues, cuando las nubes vuelven a traer consigo esa música humilde que hace vibrar todo el paisaje, todas mis preocupaciones se desvanecen durante un breve instante, brindándome así la oportunidad de respirar con calma y volver a conectar conmigo misma, el mundo y las personas que me rodean.

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