La Parada: Una nación, dos mundos

En agosto de 1945, tras recibir el doble bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, el emperador Hirohito anunció al mundo la rendición incondicional de Japón, poniendo así fin a la Segunda Guerra Mundial. Con el fin de la guerra y el gran imperio del sol naciente derrotado por la vía nuclear, los coreanos creyeron que por fin, tras esos tortuosos 35 años de ocupación y represión japonesa, el país recuperaría su independencia. Sin embargo, en la conferencia de Moscú celebrada aquel mismo año, los aliados decidieron que Corea quedaría temporalmente bajo la tutela aliada y no recuperaría inmediatamente su soberanía, ya que temían que, tras la larga etapa del protectorado (1905-1910) y la posterior anexión japonesa (1910-1945), el país no tendría las capacidades suficientes para asegurar su gobernabilidad. Por lo que tras todos esos años de sufrimiento y opresión, la nación coreana fue dividida por el conocido “paralelo 38”, una frontera que atraviesa la mitad de la península de oeste a este. Estados Unidos se hizo con el control del sur, mientras que la Unión Soviética quedó al mando del norte del país, generando así, a su vez, dos mundos con idénticas raíces históricas, lingüísticas y étnicas, pero con realidades económicas y políticas opuestas, es decir, dos estados antagónicos en una misma nación.

Para todo aquel que quiera comprender bien la decadente e esquizofrénica situación que afloró en la península coreana a raíz de aquella trágica partición inexorable del país y cómo vivieron los coreanos aquellos confusos años, considero que la obra a analizar, La plaza, es una novela imprescindible, pues en ella se narra, con aquel conflicto como telón de fondo, la desgarradora historia del incomprendido estudiante de filosofía surcoreano, Lee Mongjun, el cual se verá sumido en una terrible depresión tras descubrir la realidad del mundo que le rodea y contemplar cómo se desmoronan sus ideales y todo aquello en lo que él creía ante sus ojos.

El relato comienza en el Tagore, un barco con rumbo a la India cargado de prisioneros de guerra, entre los cuales se encuentra el protagonista de la historia, y desde el que se nos irá desvelando poco a poco los sucesos que le han llevado a estar allí haciendo uso de la analepsis, es decir, alterando la secuencia cronológica de la historia, trasladando continuamente la acción del presente al pasado y conectando momentos distintos de su vida. En la primera parte de la novela, el protagonista nos muestra a través de esos flashbacks la decadente situación en la que se encontraba sumida Corea del Sur tras la trágica división del país. Según él, el sur se asemejaba a una plaza desolada y corrupta, marcada por la avaricia, la traición y la violencia, en la que no se podía sentir otra cosa que desconfianza, ya que los gobernantes se dedican a engañar y robar al pueblo, pues lo que realmente les preocupa no es el bienestar de la nación, sino “decorar su habitación secreta”, es decir, sus propios intereses, su realidad. Parecía que como si aquellos que tenían el poder durante la colonización japonesa, y mataban a los patriotas, estuvieran ocupando cargos en el actual gobierno, pues durante la ocupación nipona predominaba de igual manera esa ideología contra el comunismo y contra ellos mismos. Esta decadente realidad acaba siendo confirmada cuando la policía surcoreana, en base posiblemente a la confianza en algún poder corrupto, arresta y tortura a Mongjun sin un atisbo de piedad tras descubrir que su padre se había convertido en un general norcoreano, en “un rojo”, a fin de intentar sonsacarle información sobre el mundo comunista que se había generado al norte del país. Y es que, a pesar de que llevaba años sin tener relación con su padre y que nunca había podido tener una “plaza familiar”, su padre “siempre había vivido en la habitación de al lado”, pues los lazos familiares, por muy deteriorados que estén, por desgracia, son imposibles de diluir.

Tras dichos acontecimientos, “las paredes de la habitación secreta” de Mongjun, “esa habitación repleta de libros en la que le gustaba refugiarse para evadirse de la cruda realidad y ver el mundo desde otra perspectiva, ajena a la norma establecida”, se quiebra y se genera un punto de inflexión en la historia. El protagonista, harto de la realidad de Corea del Sur y frustrado por no poder vivir su vida intensamente, ni deshacerse de ese vacío y tristeza que brotada en el río de su vida, empieza a contemplar la idea de marcharse al norte del país, al igual que hizo su padre, pues quizá con el comunismo como telón de fondo, en medio de ese ambiente revolucionario, podría encontrar esa utopía con la que siempre había soñado y recuperar esa conexión que había perdido con el mundo que le rodeaba.

Poco después de ello, el protagonista abandona el sur del país, ilusionado, con la esperanza de encontrar en Corea del Norte el “opuesto complementario” de Corea del Sur, es decir, una plaza limpia, con un ambiente revolucionario, en la que el pueblo se pudiera expresar con plena libertad y fuera feliz. Sin embargo, cuando llega allí descubre que el norte no es más que plaza gris, sucia y miserable con una atmósfera opresiva, sin un atisbo de entusiasmo. Y es que el gobierno norcoreano, lejos de cumplir con el ideal comunista, era un gobierno burgués y autoritario que pretendía establecer una unidad política e ideológica dentro de la sociedad, un organismo sociopolítico cuyos componentes, los ciudadanos, compartieran un mismo destino, con el fin de conseguir que estos se vieran obligados a hacer y decir todo aquello que dictaran, es decir, a no salirse de la norma establecida. Por lo tanto, el pueblo norcoreano, aquellos que había luchado por crear ese mundo, la república, en realidad, no tenían ni voz ni voto dentro de él, y eran tratados como miserables marionetas por aquellos que tenían el control del territorio. Es decir, la república, después de todo, no era más que un sueño, una utopía inalcanzable, una representación cuyo guión estaba basado en las citas de la historia del Partido, en palabras para las masas.

En 1950, poco después de su llegada a Corea del Norte, la península coreana se convierte en el epicentro de la Guerra Fría y estalla la Guerra de Corea (1950-1953). El conflicto ideológico que se acaba generando en imaginario del protagonista a raíz de todas las tragedias que tuvo que presenciar en ambos lados de la frontera y la incomprensión de los mecanismos de la sociedad contemporánea acaba siendo tan desmesurada que, una vez que se firma el armisticio entre las dos Coreas y se pone fin a dicho conflicto, decide abandonar la península coreana y marcharse, junto a otros prisioneros de guerra, a un tercer país, a un “país neutral”, con la esperanza de poder encontrar en él esa plaza pública, tolerante y solidaria, de la que siempre había querido formar parte. Sin embargo, una visión profundamente escéptica de la sociedad se acabará interponiendo entre él y su nuevo destino. 

Tras reflexionar sobre todo aquello que había vivido y verse envuelto una vez más, incluso “en la pequeña plaza que es el barco”, en medio de conflictos ideológicos y verse obligado a tener que seguir aquello que dicta el grupo, el protagonista se acaba dando cuenta de que aunque escape de su país y de todo aquello que hay en él e intente empezar de cero, será incapaz de borrar de su imaginario todo aquello que había vivido y se volverá a encontrar con realidades similares allá a donde vaya, pues el mundo, al estar bajo el control del ser humano, un ser en constante cambio, imperfecto e impredecible, está lejos de poder llegar a ser perfecto. Por lo que acaba decidiendo dejar que su cuerpo se funda con las olas del mar, desapareciendo así para siempre, al igual que hacen las gaviotas cuando se adentran en el gran azul.

Por tanto, considero que el final de la novela refleja no sólo el profundo vacío existencial que sufría el personaje ante la pérdida de la mujer que daba sentido a su vida y sus ansias por reencontrarse con ella en el más allá, sino también la desesperación de este ante la imposibilidad de que las dos Coreas, su amada patria, la plaza en la que había crecido, vuelva a recomponerse. Y es que pese a que ambas recorrieron caminos similares durante más de setenta años, y de que incluso existe un término, utilizado tanto en el norte como en el sur, “우리 민족끼리”, cuyo significado hace referencia a la necesidad de que sean los coreanos quienes marquen los destinos de la nación sin la injerencia de otro país, haciendo así patente que la voluntad de unificar y reconstruir Corea en base a aquello que les caracteriza como una única nación sigue viva, ese conflicto ideológico existente entre ambas no hace más que agravarse con el paso del tiempo debido a que, desde la separación, cada zona ha ido experimentando un desarrollo económico, cultural y tecnológico completamente distinto, y ello está provocando que las nuevas generaciones estén perdiendo interés en volver a conseguir establecer un proyecto común con esos vecinos que están al otro lado del paralelo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s