ARTESANIA COREANA: La belleza tal y como aparece en el ojo es secundaria a la belleza tal y como aparece en el corazón

Yanagi Soetsu, el filósofo japonés, fundador del movimiento mingei, desarrolló un gran interés por el arte coreano, además de una especial empatía con la gente coreana y su cultura, pues para él los objetos que eran creados con la búsqueda de la “originalidad”, lo “único” y el “reconocimiento” en mente no podrían generar otra cosa que mediocridades. Para Yanagi el aspecto realmente importante era el total anonimato del artesano que producía los objetos. Frente a la figura del genio artístico de occidente, él promulgaba una posición moral más elevada propiedad del artesano anónimo que guía su mano por la repetición/perpetuación de la tradición y que es totalmente ajeno al valor de su producto. Y eso es justamente lo que hacían los artesanos coreanos. 

Los artesanos coreanos, libres de todo apego material, dejaban en un segundo plano el producto final y le otorgaban más importancia al proceso de creación, a disfrutar de ese camino, a volcar todos sus sentidos en él, dejando así que su mente y manos fluyeran por sí solas al son de las energías del mundo. Esta actitud tan despreocupada por la técnica, tan espontánea, provocó que se acabasen creando obras imperfectas y poco ornamentadas, tan simples y puras que pueden llegar incluso a parecer un tanto insípidas, y con cierta tendencia a la monocromía, pero que a su vez consiguen elevar el espíritu de aquel que se sumerge en ella, es decir, provocó que se creara un arte que “resalta sin resaltar”, un arte discreto pero lleno de vitalidad que ensalza con su pureza y transparencia la esencia de nuestra realidad y aquel que le ha dado forma.

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Y es que en Corea, al contrario que en occidente, “la belleza tal y como aparece en el ojo era secundaria a la belleza tal y como aparece en el corazón”, por lo que sabían apreciar estéticamente aquello que es naturalmente imperfecto, incluso aquellas imperfecciones, asimetrías o curvas que se pudieran llegar a producir durante el proceso de creación, pues lo que importaba no era la estructura en sí del objeto, sino que estos estuvieran de alguna manera conectados con el mundo natural y consiguieran transmitir la unicidad y emociones de aquel que le dió forma. Tanto es así, que se han llegado incluso a crear tres términos, han, hung y mot, a fin de poder expresar con mayor facilidad todas esas sensaciones y sentimientos que les caracterizan tanto a ellos como a sus obras.

El término han refleja ese sentimiento de amargura injusta, que lleva caracterizando a la sociedad coreana desde tiempo inmemoriales a raíz de todas las desgracias que han tenido que vivir a lo largo de la historia, como la explotación, el abuso o la opresión. Hung, por su parte, abarca esa excitación generada por la comprensión de la belleza, a raíz de esa capacidad de encontrar belleza incluso en las cosas más insignificantes, de poder apreciar nuestra realidad tal y como es. El mot, por otro lado, es un concepto que surge del corazón y se refleja en la percepción de la belleza, el refinamiento y el gusto en la gente y las cosas, haciendo que aquel que observa no contemple la forma de aquello que se presenta ante sus ojos, sino su interior, su verdadera y más pura esencia. 

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