Neoconfucianismo según Toegye

El neoconfucianismo es una re-interpretación cosmológica, metafísica y ética del modelo tradicional de pensamiento confuciano que incorpora algunos de los principios fundamentales tanto del taoísmo como del budismo. El padre de esta corriente filosófica, Zhu Xi, pretendía penetrar a través de ella en la esencia del universo y de la naturaleza humana, y alegaba que tanto en el plano microcósmico del hombre, como en el macrocósmico del universo existen dos principios fundamentales: el li, el principio racional incorpóreo, eterno y bueno por excelencia, la ley anterior o “razón de ser de todas las cosas”, aquello que se encuentra en todo lo que compone el universo y nos conecta directamente con el taiji (太極) o taegeuk (태극), con ese “techo supremo”, principio incesantemente creativo del cosmos que produce continuo cambio y transformación; y el qi, el principio individualizador (lo que nos hace ser lo que somos), la respiración, la forma sensible individual sometida a la transformación, la fuerza material (tanto buena como mala). Por lo tanto, cuando el li predomina y actúa, mientras el qi se mantiene subordinado, “las cuatro virtudes” (bondad, justicia, etiqueta o “buenas maneras” y sabiduría) aparecen; en cambio, cuando el qi predomina y actúa, y es li el que se mantiene subordinado a este, entonces “las siete emociones” (alegría, rabia, tristeza, placer, amor, odio y avaricia) afloran.

Este “sistema del dualismo de la materia y el principio” dominó el pensamiento coreano a lo largo de toda la dinastía Joseon, y desde sus inicios se formaron dos corrientes filosóficas bien diferenciadas, una centrada en el concepto fundamental del li, y otra centrada en el del qi. Yi hwang (이황), también conocido como Toegye (퇴계), fue el principal representante de esa primera corriente, la corriente de la juripa (주리파) o “escuela del principio (li) dominante”, la cual le otorgó a li un carácter dinámico y creativo por sí mismo. Toegye, al igual que otros grandes pensadores como Mencio, consideraba que la naturaleza o esencia primordial del hombre es buena de forma innata, por lo que el principio li predomina sobre el qi de forma natural y, consecuentemente, albergamos en nuestro interior “las cuatro virtudes” de forma innata. Sin embargo, nuestra mente-alma, aquello que alberga nuestra esencia, se puede llegar turbar cuando el hombre entra en contacto con la materia física, y ello provocaría a su vez no sólo que aflorasen “las siete emociones” de forma desmesurada, sino que además no pudiéramos mostrar nuestra verdadera esencia en su máximo esplendor. Pero esto no quiere decir que aquello que surge de la materia y el principio sean elementos completamente opuestos e incompatibles, en realidad, “son distintas partes de un todo”, pues, al final y al cabo, “las siete emociones” son el resultado de esa interacción de la materia con el principio (el cual es bueno por naturaleza), por lo que son tanto buenas como malas. Por lo tanto, en resumidas cuentas, lo que hay que conseguir simplemente es que esa materia no tome las riendas de nuestra mente-alma para que esas “siete emociones” afloren en la justa medida.

Para conseguir llegar a mantener ese delicado equilibrio en nuestra psique, Toegye planteaba que es absolutamente necesario que el hombre haga del estudio y la práctica algo indispensable en su día a día, pues a través del cultivo de sí mismo y prácticas tales como la “concentración profunda” o meditación, el hombre puede llegar a alcanzar el idílico “estado de mindfulness”, es decir, un estado en el que la atención se enfoque plenamente en lo que percibe en cada momento sin dar pie a que surja, por ejemplo, una preocupación desmesurada por los problemas y sus posibles causas y consecuencias, permitiéndole así mantenerse relajado y en paz, tanto consigo mismo como con el mundo que le rodea. Y esto es posible gracias a que sostiene que la mente es “la fuente de todas las cosas”, “el origen”, “la caja que alberga y preside el principio y todas nuestras emociones, y combina el principio con la materia”, y que ese principio perfecto por naturaleza, está dentro de nosotros, en lo más profundo de nuestro ser. Por tanto, si conseguimos alcanzar dicho estado, podremos pensar con claridad y adecuarnos perfectamente a las distintas circunstancias y eventos que surjan en nuestra vida cotidiana, pues nuestra intención, ese mecanismo que adecua nuestras emociones, estará bien engranado y será bueno, por lo que no dejaremos que la perniciosa materia nos domine y nos haga desviarnos del “camino medio” o tao, esa gran vía que conecta el Cielo con la Tierra.

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