Kim Manjung: El Sueño de las Nueve Nubes

El Sueño de las Nueve Nubes (구운몽) fue creada durante la dinastía Joseon por el escritor y erudito confuciano surcoreano Kim Manjung (김만중) y es, al igual que La Historia de Hong Gildong, uno de los grandes clásicos de la literatura coreana, pues es una obra cargada de ingenio que establece un entramado juego de reflejos entre Corea y China desde el territorio del gran gigante asiático, origen de las principales corrientes de pensamiento que se acabarían adueñando del imaginario de la población coreana: el confucianismo y el budismo; y plantea, a su vez, a través de una magistral mezcla de verso y prosa, una ardua lucha entre los valores que perfilan ambas filosofías, cuyo desarrollo y resultado final dependerá, en mi opinión, de la visión de cada espectador. 

La novela narra la historia de Seon Jin (성지), un joven discípulo de un ilustre monje budista que, tras haber sido arrastrado por sus pulsiones más bajas y mundanas hacía “el pecado”, se ve inmerso, a modo de castigo, durante toda una noche de primavera en el mismo sueño que otras ocho ninfas, aunque el protagonista no será consciente de ello hasta el final del mismo. Esto es debido a que su aventura onírica se introduce a través de su aparente reencarnación en el hijo de una humilde familia, quedando así, al igual que Hong Gildong, irremediablemente marcado por el humilde destino y se verá obligado a recorrer los principios éticos de las desigualdades del confucionismo que mantienen el equilibrio y la paz social hasta ser capaz de convertirse en un alto cargo y héroe nacional. Sin embargo, una vez que el sueño llega a su fin y se despierta, todo aquello que había logrado hasta entonces se desvanece tan rápido como el humo de un cigarrillo.

El final del sueño, por tanto, no sólo simboliza la futilidad de la vida y lo efímera que es esta en realidad, sino que también perfila al mundo confuciano como algo irreal, en el que sombras sin entidad fluyen de la voluntad, de ese impulso sin límites, insaciable, inconsciente e irrefrenable que creando por sobreabundancia la infinidad de seres, hasta en sus detalles particulares, sus papeles y roles en la sociedad, se identifica a su vez con cada uno de los “yo”, que son por tanto, a su vez un disfraz, la mascarada de la voluntad jugando a las escondidas consigo misma. Y es que como dijo Schopenhauer: “Todo lo que existe para el conocimiento, es decir, el mundo entero, no es objeto más que en relación al sujeto, no es más que percepción de quien percibe; en una palabra: representación”. 

Por tanto, en mi opinión, el autor resuelve al final de la historia ese debate que plantea durante toda la novela entre la ética confuciana y la budista, sentenciando a la primera como una vía dedicada a una vida ilusoria. Y es que el confucionismo es una corriente de pensamiento que no se ocupa de dotar de sentido a la vida, pues no conlleva un pensamiento metafísico, sino la armonía vegetal, animal y humana según doctrinas meramente morales. De este modo, el hombre no puede desarrollarse de forma aislada, sino dentro de la jerarquía social y moral de la familia. Y siguiendo el protocolo, el protagonista de la novela se dedica a buscar su ascenso social destacando en todo aquello que le permita poder subir un peldaño dentro de la escala social hasta que consigue finalmente llegar a la cúspide y cumplir la máxima aspiración de todo aquel que se desenvuelve en el mundo terrenal. Sin embargo, en última instancia, una vez alcanza su meta y una vez consigue todo aquello que deseaba, no le queda otra cosa que hastío y monotonía, lo cual provoca que descubra “la verdad de la cesación”, es decir, que se de cuenta de que, en realidad, establecer a los deseos como nuestro motor de vida es un error. Por ello, cuando regresa decide entregarse en cuerpo y alma a la vía budista, a seguir el “óctuple sendero”, en lugar de a una banal vida entregada al placer.

Considero, además, que la historia acaba desembocando en dicho mar, no sólo debido a que acaba descubriendo que nada es permanente y que el mundo confuciano no es tan idílico como parecía, sino también gracias a las ocho ninfas que se van uniendo a su vida a través de aquellos sucesivos y poéticos encuentros, pues posiblemente dichos seres fantásticos simbolizan en aquel mundo cada uno de los caminos del “óctuple sendero” que se deben seguir simultáneamente aquel que quiera conseguir llegar a la Iluminación o Nirvana y trascender más allá de la mundana existencia. Por ello, una vez que establece una cierta estabilidad con todas las ninfas acaba llegando al esclarecimiento.

Por último, cabe destacar el magistral uso que hace el autor del sueño, permitíendole agregar una gran variedad de elementos a la narración para jugar con el imaginario del lector como, por ejemplo, establecer una estructura circular que una el principio con el desenlace del relato para permitir que el protagonista de la historia pueda “regresar” al lugar donde se encontraba al comienzo del relato, y para reflejar, además, la visión budista de la existencia humana (“la rueda de la vida” o Samsara) o la idea de vida como un viaje fugaz e ilusorio.

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