Junichiro Tanizaki y Yasuzo Masumura: Tatuaje

Cuentos de amor es una recopilación de once “relatos diabólicos” de uno de los escritores japoneses más sobresalientes del siglo XX, Junichiro Tanizaki (谷崎 潤一郎). En los que se rinde culto al imperio de los sentidos y al universal amor desde una mirada poco convencional, perversa e inquietante, y en los que además se trata temas tabús para la sociedad como son el fetichismo, el sadomasoquismo, el travestismo, la homosexualidad y las relaciones crueles y destructivas. Pero todo ello, se manifiesta en todo momento a través de una puesta en escena de enorme refinamiento y elegencia, conseguiendo así fascinar, a la par que escandalizar, a todo aquel que se atreva a sumergirse en su imaginario.

Tatuaje (入れ墨, irezumi en japonés), el relato a comentar de dicha recopilación, es un cuento breve envuelto en una atmósfera turbia a la par que sugerente, cargado de erotismo perverso, relaciones de dominación y sadismo, crueldad, y ese gusto por lo oscuro tan característico del escritor japonés. El término irezumi hace referencia al arte del dibujo con agujas y pigmentos sobre la piel humana, una técnica artística con una larga tradición en Japón y en la que cada motivo (animales mitológicos como el dragón, peces como la carpa, flores o seres sobrenaturales como los demonios) tienen un porqué y una significación oculta. Este arte supone actualmente un cierto tabú para la sociedad japonesa, especialmente por su vinculación a grupos violentos como la Yakuza. Sin embargo, durante la época Edo (1603-1868), este arte estaba bastante extendido y tenía una consideración ciertamente elevabada. Es en este último contexto donde se desenvolverán los protagonistas de la historia: Seikichi, un artista sádico que decide hacerse tatuador para poder experimentar placer al infringir dolor a otros hombres y que se acabará obsesionado por encontrar el lienzo idílico para su obra; y una joven japonesa de la que Seikichi quedará prendado ya que la delicada y blanca piel de la joven responderá a sus inquietudes artísticas. El tatuador insistirá en tatuarla con un diseño de su elección para plasmar en ella todo su talento a la vez que observa su hermosa piel enrojecida, hinchándose y coloreándose y sentir ese intenso placer que tanto ansiaba experimentar, un placer completamente distinto al que consigue al inflirgirle dolor a los hombres. El tatuaje, por desgracia, acabará teniendo un gran impacto psicológico en la joven y hará que adopte la venganza como su motor vital. Pero en el relato, al contrario que la adaptación de Masumura de la que hablaré a continuación en la que se deja claro que el tatuador es el creador de aquel bello demonio ya que es él el que deberá acabar con la locura de la joven al final del filme, no queda claro si es él el que decide de algún modo crear esa femme fatale o si simplemente percibe previamente que el espíritu de ese ser se hallaba ya latente en el interior de la joven y deja que su inspiración fluya guiada por él.

El relato de Tanizaki tuvo, como ya he comentando, una excelente adaptación cinematográfica en 1966 dirigida por uno de los mejores directores del cine japonés, Yasuzo Masumura (増村保造). Pero, ¿qué tiene de especial el imaginario de Masumura que hace que su nombre merezca estar entre los más grandes del cine japonés?. Se podría decir que su cine ha generado una vía entre el cine comercial y la vanguardia de los 60, y entre el Japón tradicional y Japón moderno influido por las tendencias occidentales (al igual que ocurre con los escritos de Tanizaki), en la que consigue atrapar magistralmente al espectador mediante su ritmo infernal y apasionado. Tomando como ejemplo central su Irezumi podemos apreciar con claridad algunos de los elementos que conforman el muy tangible talento del director japonés.

En Irezumi, drama de época con un cierto aire pseudofantástico, la actriz Ayako Wakao interpreta a Otsuya, una joven japonesa que está teniendo una aventura con el ingenuo Shinsuke, uno de los empleados de su padre. Tras fugarse con él, lo intentan matar, mientras a ella la secuestran y la venden a una casa de geishas como prostituta. Con el fin de que se sienta encadenada a su profesión y la acepte como un nueva forma de vida, Seikichi, un experto tatuador que se acaba obsesionando con la pureza y la suavidad de la piel de la joven y le tatuará una inmensa araña en la espalda que la llevará “a tentar y devorar a muchos hombres durante su vida”, es decir, a arruinar la vida de todo hombre que se cruce en su camino, como si el espíritu de esa viuda negra tomara posesión de su cuerpo y ese sentimiento tan pasional y ardiente, como autodestructivo y en ocasiones irracional, que es la venganza, se transforma en el centro de su vida, en su leit motiv, tal y como esperaban los dueños de Otsuya.

Cabe decir que, antes de que surja todo el drama, el director nos había anunciado que en Otsuya ya había una mujer de sexualidad rebosante, en una sofocante secuencia en la que se paseaba por una habitación llena de hombres descalza y sudorosa. Y es que para Masumura en el mundo no existen “fuerzas ocultas” que cambien a las personas, como mucho esas “fuerzas externas” tienen la capacidad de potenciar nuestro verdadero yo, de obligar a aquello que está latente en nuestro interior a pronunciarse, en otras palabras, no niega que la cultura y la sociedad tienen el poder de ejercer influencia sobre los individuos, pero subordina dicha fuerza a la del individuo y su propia capacidad de resistencia y adaptación. Lo que el director relata en Irezumi es precisamente ese choque entre las personas, libres por naturaleza, y el sistema en el que se encuentran encerradas, alienador pero con suficientes resquicios, si contamos como tales la demencia, o incluso el suicidio. Por tanto, aquel que tenga el coraje y la valentía suficientes como para superar las barreras y esquemas que le impone su entorno, podrá llevar una vida auténticamente plena y ser feliz. Por ello, sus personajes tienen una personalidad bastante marcada. Son independientes, aunque todo aquello que les rodea les haga comportarse en el sentido opuesto al que desearían, su autonomía de pensamiento se refleja en el rostro y cuerpo de los actores, incluso cuando se trata de personajes mediocres o débiles. 

Otro tema importante en la adaptación de Masumura es el sexo. Se percibe como la corriente que mueve, en última instancia, los actos y elecciones de todos los personajes; tanto los protagonistas, como los que están alrededor de ellos participan de la omnipresencia de esa sexualidad, aunque sea simplemente a través de la envidia o el deseo.

Para finalizar, creo que sería preciso comentar en detalle la secuencia de Irezumi a raíz de la cual el filme, que comienza con un estilo desenfadado, comienza a incrementar gradualmente la profundidad y la intensidad de la historia, ya que además considero que sintetiza la grandeza de Masumura como director cinematográfico. Como comenté anteriormente, Otsuya es dejada en manos de un tatuador para que este le haga un tatuaje que la deje marcada para siempre. El proceso de tatuado es, sin duda, una de las escenas más intensas de la película. Vemos planos de la blanquísima y bella piel de la geisha siendo pintada. El artista está concentrado para no dejar escapar esa gran inspiración que le ha poseído, y que le está haciendo disfrutar de cada minuto. Las incisiones son recibidas por Otsuya con una resistente pasividad. Una vez terminado el tatuaje, notamos como entra la luz por la ventana y ella se incorpora. Sus gimoteos de dolor se acompañan de expresiones de queja en su rostro. Comienza a arquear su espalda herida, retorciendo su cuerpo, pero esos movimientos espasmódicos no son tan solo consecuencia de la quemazón, sino que son voluntarios y se van mezclando con el placer. Tras ello, sus sonidos (ya inequívocamente sexuales), el baile de su piel, su rostro excitado y su mirada animal, evidencian su metamorfosis y liberación como individuo. Al terminar la escena, el personaje de Otsuya parece haber sido completamente invadida por el espíritu de la araña que lleva en la espalda y se percibe que ha aceptado su destino. Masumura, por tanto, no muestra en el filme una mujer frágil y entregada con vergüenza al hombre, que goza del sexo con culpa y rubor, sino una mujer decida y que desborda sensualidad por cada poro. Pero no como prostituta o personaje marginal, sino como persona, como un ser humano que ha elegido en libertad cómo desea vivir, empujada por las circunstancias que, en parte, se ha provocado. El mundo no la ha cambiado, simplemente la vida le ha ofrecido aquello que ella deseaba tomar.

2 comentarios sobre “Junichiro Tanizaki y Yasuzo Masumura: Tatuaje

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