En busca de una vía efectiva para afrontar éste efímero y volátil mundo

A pesar de que en los últimos cien años la nación coreana ha sido invadida, subyugada e incluso dividida en dos bloques antagónicos, la mitad sur de la península ha conseguido resurgir de sus propias cenizas y posicionarse como un país innovador, energético y dinámico. Sin embargo, esto ha ocasionado, a su vez, que la población coreana, sobre todo aquella que reside en las grandes urbes, se encuentre actualmente sumida en un mundo cada vez más competitivo, desigual y consumista, en el que la depresión y los suicidios se han convertido, por desgracia, en algo bastante habitual.

La depresión es un trastorno mental que se evidencia, principalmente, a través de la tristeza patológica, de la apatía, de esa pérdida de interés por todo lo que nos rodea, incluso por aquellas cosas que solían hacernos felices o producirnos placer, la irritabilidad y una percepción claramente negativa que se extrapola desde sí mismo hacia el resto de su entorno; que surge como reacción a situaciones adversas o traumáticas. Y es que nuestros sentimientos, por lo general, se suelen asociar con aspectos que rara vez podemos esclarecer conscientemente, haciendo que la razón, esa capacidad que nos separa del resto de los animales, resulte, en el ámbito personal, algo demasiado difuso en la mayor parte de los aspectos de nuestra vida, por lo que cuando sufrimos episodios depresivos nuestra “balanza interna” puede terminar perdiendo el control y llevar a aquel que la sufre, en el peor de los casos, a auto-inmolarse con el fin de hacer caer antes de tiempo “el gran telón final”. Según estudios, una de cada tres personas experimentará un episodio depresivo en algún momento de sus vidas y, si desencadenan tras un evento traumático, pueden llegar a persistir durante meses y meses, e incluso regresar en momentos determinados.

Ahora la cuestión es, ante este panorama tan desolador en el que se le otorga muy poca importancia a los elementos asociados a la salud mental y al conocimiento de los síntomas, signos de alerta y fenómenos sociales que pueden provocar episodios depresivos y potenciar actitudes suicidas, ¿podría el cristianismo o el budismo, dos de los modelos de pensamiento y/o religiones más extendidas en todo el mundo, hacer algo al respecto?

En mi opinión, la vida en este mundo, la única posible desde que nacemos, fue condenada por ambas corrientes de pensamiento a un espacio fraudulento y pernicioso, lleno de tentaciones y placeres difíciles de rechazar. Por lo que la vida es configurada como una especie de maldición, como lo despreciable, como una terrible pesadilla de la que no podemos despertar. Sin embargo, mientras que el cristianismo provoca en numerosas ocasiones que el ser humano acabe despreciando la vida de este mundo hasta tal punto que se quede incluso sin la esperanza de una recompensa postmortem, el budismo le ofrece a éste la posibilidad de amar la vida junto a todas sus imperfecciones, sin la necesidad de recurrir a un mundo imaginario o de proyectar su mente hacia tiempos mejores, pasados o por venir, permitiéndole así disfrutar el momento presente como si fuera el último, sin necesitar la ayuda de nada ni nadie.

Y es que el cristianismo estropea la razón de los temperamentos espiritualmente más fuertes, aludiendo a ellos como extraviados, pecaminosos y tentadores, lo cual nos lleva hacia quimeras en las que se manifiesta el nihilismo y se elogia la decadencia, el último agotamiento de la vida, de quienes ya no tienen fuerzas para encontrar su propia virtud e imperativo categórico, hacia un camino en el que el ser humano puede llegar a transformarse en el animal peor logrado, el más enfermizo, pues se opaca toda voluntad de poder, tanto a nivel individual como colectivo.

Las religiones como el cristianismo, al renegar del sufrimiento que conlleva a veces vivir en éste mundo, terminan por convertirse en doctrinas del amor que en lugar de colocar el centro de gravedad en la vida, lo sitúan en un más allá, en un lugar carente de toda razón e instinto, convirtiendo así a la tierra en una especie de manicomio, en un lugar carente de libertad y plagado de convicciones, y haciendo así del “hombre de fe” un hombre completamente dependiente, despersonalizado, que renuncia a sí mismo para servir como medio para otros.

Por ello, considero que el budismo es la corriente de pensamiento que más podría ayudar a aquellos que viven envueltos en un mundo de asfalto y prisas, como los surcoreanos, pues en el mundo budista, al contrario que en el cristiano, el sufrimiento, los momentos trágicos de la vida, no dejan marcas, pues nada permanece, todo es metamorfoseado, todo se acaba diluyendo en su debido momento. Por lo que se podría decir que ésta filosofía es, por tanto, falta de amargura en la vida, la máxima expresión de un bello atardecer, una consumada dulzura y suavidad, ya que consigue escaparse de la red de esa “neurosis religiosa”, de ese estado patológico, enfermo, que sucedía a un desgarro originario: la represión de los instintos, y por consiguiente, la marginación del cuerpo. En el budismo no existe el resentimiento o la “mala conciencia”, no hay proyección o interiorización de la culpa por el sufrimiento de la existencia, el dolor se acepta tal y como se presenta y se acaba transformando en la posibilidad absoluta de “redención”, lo cual permite al ser humano decir un sí rotundo a la vida.

Además, considero que la meditación, la práctica budista por excelencia, puede ser muy beneficiosa para la salud mental del ser humano si es usada tal y como proponía Manhae, es decir, en su justa medida. Tanto es así, que actualmente incluso algunos psiquiatras han decidido incorporar ésta práctica a las terapias de sus pacientes, pues contribuye a que nuestro foco de atención se libere y deje que estar sujeto a dinámicas perniciosas que nos puedan llegar a provocar ansiedad e impulsos suicidas. Y es que a través de ésta práctica es posible llegar en la vida cotidiana a un estado de mindfulness, es decir, a un estado en el que la atención se enfoque en aquello que realmente es importante, sin dar pie a que surja una preocupación desorbitada, y que por ende, puedas sentirte relajado y en paz y reducir el estrés que conlleva desenvolverse en éste mundo y mantener nuestra capacidad de razonamiento, esa cualidad que nos distingue del resto de los animales, en plenas facultades, haciendo así que seamos menos impulsivos y temerarios. Y es que, al contrario de lo que defendían algunos de los más grandes eruditos neoconfucianos coreanos, como Toegye y Dasan, yo considero que el ser humano tiene tanto pulsiones apolíneas como dionisíacas, es decir, que no tiende simplemente de forma natural hacia la rectitud o el bien, por lo que si no cuidamos nuestra salud mental, ese delicado equilibrio que se establece en nuestra psique se puede acabar quebrando, haciendo que nuestras más bajas pulsiones predominen, tomen las riendas de nuestro ser y nos sumerjan en una perniciosa espiral hacia el más trágico de los finales.

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